Hoy hablando con una amiga me he dado cuenta qué es verdad, que no sabes nunca precisamente en el momento en el que de estar quieta empezaste a correr sin parar, sin mirar a atrás. No sabes en que momento pusiste el piloto automático, y pasan las cosas más horribles y sigues corriendo y corres y corres, hasta que caes. En ese momento que caes, es en el que te das cuenta qué ya te duele todo el cuerpo de correr, que no te has parado en los últimos años, ni a mirarte. Te has dejado, te has volcado en la carrera, en la meta que te pusiste hace ya tanto tiempo que ni recuerdas, sin pensar en si tus piernas quieren seguir, en si tus manos quieren seguir apretando, en si tus pulmones están aguantando bien cada bocanada de aire.
En ese momento, en que paras a tomar aire, notas como la inercia ha sido la que te a llevado, que han pasado ante ti los paisajes más bonitos y los más triste del camino y ni siquiera te has parado a mirar, a sacar una foto, a grabar el recuerdo en tu memoria. Se te a pasado la vida mientras intentabas llegar a la meta. ¿Para qué? Ahora apenas recuerdas quien era la persona que empezó a trotar, si ella quería esto, si era necesario llegar tan rápido.
Aunque parezca que esa caída es la que te ha hecho parar, solo ha sido la gota que ha colmado el vaso, ni si quiera ha sido tan malo, era lo que esperabas necesitabas parar, lo que nunca pensaste era que sería de bruces contra el suelo.
Hay que vivir este momento, sentarte en la hierba mojada de la orilla de ese sendero que estabas recorriendo y RESPIRAR. Coger aire y llenar bien los pulmones. Levantarte y andar despacio parándote en cada piedra, en cada río, o en cada banco que necesites, a seguir respirando, a fumarte un cigarro, o simplemente a descansar observando atardecer.
Ahora que estas tumbado o sentado recuperándote de la caída, pensarás que no puedes seguir, que la vida no era correr y se está mejor ahí donde estás. Pero, aunque la meta no sea clara, aquí no está. Coge fuerza y mentalízate mientras te levantas, de que hay que seguir andando tranquilamente, sin prisas, aunque solo sea para buscar un nuevo camino, o para contemplar nuevos paisajes, o a lo mejor solo para volver a caer. Una vez que te levantes sabrás que puedes qué aunque te destroces las rodillas de tanto tropezar, puedes ponerte en pie y seguir.
